La vida es un carrusel
que no espera.
Giramos entre risas y
silencios, mientras el tiempo
se disuelve bajo nuestros pies.
Cada vuelta nos roba algo,
pero también nos entrega
otro horizonte.
Ahora entendemos:
este momento es todo lo que tenemos.

La vida es un carrusel
que no espera.
Giramos entre risas y
silencios, mientras el tiempo
se disuelve bajo nuestros pies.
Cada vuelta nos roba algo,
pero también nos entrega
otro horizonte.
Ahora entendemos:
este momento es todo lo que tenemos.

El reloj avanza,
pero nadie lo mira.
Las manos se ocupan,
los pies caminan,
la mente está en otra parte.
Todo pasa y, nadie
se detiene a sentirlo.
¿Cuándo fue la última vez
que notaste el momento presente?

La inactividad es
el momento suspendido,
donde nada sucede y,
todo espera.
No es luz ni sombra,
solo el espacio entre ambos.
Es el respiro del tiempo,
un paréntesis que no
avanza ni retrocede.
Y, en esa calma,
está la promesa:
todo puede empezar
desde ahí.

Una de las patas del elefante
se rompe sin previo aviso,
dejando al animal tambaleante.
En lugar de ocultar la fisura,
la repara de manera simple,
revelando la fragilidad que
lo hace más valioso.
En esa rotura, el elefante,
no pierde la fuerza, sino
que adquiere una nueva
forma de ser, más profunda,
más completa.
La imperfección no le resta grandeza,
sino que la redefine.

El mismo lugar,
pero una nueva mirada.
Suelta el peso,
deja ir lo que frena
y, avanza ligero.
Donde había barreras,
ahora hay caminos.
A veces, crecer es aprender
a ver y soltar.

Espera con calma,
aunque la duda ronda.
De pronto,
llega el mensaje
que lo cambia todo.
Sonríe, aliviada,
porque valió la pena.
A veces, las mejores noticias
tardan en llegar.

En el pliegue íntimo del tiempo,
donde los días pierden su nombre,
yace el vestigio de un fuego inaugural.
No es memoria, ni sombra,
sino un latido oculto, un eco sin voz que,
al rozar el abismo del alma,
recuerda que hubo un instante
en el que todo fue infinito.

Miramos la bandeja de bayonesas y,
alguien suelta: «Si estuvieras aquí,
ya no quedaría ni una».
La risa estalla, porque es verdad.
Era imposible ganarle a la última pieza.
Ahora, casi podemos verlo estirando
la mano, diciendo: «Es mía»
con esa sonrisa traviesa.
Estas fechas nos enseñan que,
aunque no esté físicamente, siempre
será parte de cada risa, cada recuerdo
y, cada bocado compartido.
Feliz Navidad.

El ambiente se cargaba, aunque
nadie lo decía.
En la quietud, algo se movió,
invisible, como una brisa que,
apenas roza la piel.
Una palabra se deslizó en los pasillos,
sutil, casi imperceptible, pero destinada
a abrir un espacio.
No se vio quien la pronunció, ni cómo,
pero algo se alteró en el aire.
Y, mientras todos seguían su curso,
el cambio comenzó, silencioso y ajeno
a los que no querían verlo.

En el árbol del tiempo,
nuestras raíces siguen entrelazadas.
Aunque te sigo viendo aquí, sé que vas y vienes,
cerca de un futuro donde te quedarás.
Te dejo un abrazo que el viento llevará contigo
y, un susurro:
«tu viaje sigue, entre lo que fue y lo que será».
