Nos repetimos que no necesitamos a nadie,
que ya sabemos caminar solos,
que la luz es cosa del pasado.
Lo decimos con voz firme, pero
por dentro seguimos estirando la mano
en la oscuridad.
Avanzamos sin pedir ayuda,
orgullosos de no depender, mientras
buscamos sin reconocerlo una presencia,
una mirada, algo que nos confirme
que no estamos tan solos como fingimos.
Algunos encuentran esa luz en los hijos;
otros la descubren en amistades, en amores,
en vínculos inesperados que también
enseñan a mirar sin defensas.
Si todos necesitamos apoyarnos en alguien,
¿qué pasa con nosotros cuando dejamos
de permitirnos ser refugio y,
ser refugiados a la vez?










