No tenemos que demostrar cuánto valemos. No tenemos que dejarnos la piel durante el camino. No tenemos que ser aquello que no es natural. No tenemos que intentar convencer a los demás. Tan solo tenemos que tomar conciencia de que lo que aquí hacemos, son estelas que otros seguirán.
Detrás de esta palabra siempre hay un sentir, un deseo para compartir. Nuestras palabras, revelan ese deseo. Es posible que multitud de impedimentos intenten boicotear nuestro anhelo, más no hay palabras o acciones que puedan destruir aquello que nace de nuestro corazón con la intención de embellecer el mundo.
Amor y respeto genera escucha. Querer tener la razón genera discusión. Para enriquecer nuestras relaciones personales y sociales hay que poner en práctica, desde la escuela, una actitud en la que nuestra acción esté basada en el gozo, en la esperanza por la humanidad. ¡Conversemos!
Una pausa, una escucha que nos guía hacia aquello que nos llama. Una parte en nosotros que quiere emerger. Un mensaje que anhela despertar y ser entregado. En medio del alboroto es posible hacer un alto y, dar paso a la esencia, a través de nuestra creatividad.
Sentimientos desnudos, que no se traducen, expuestos a lectores, que buscan ese punto de encuentro, en donde no existe separación. Para descubrir lo genuino en nosotros, encarnamos en una vivencia en la que, no hay separación entre lo personal y lo social. Las dificultades y las vías, nos conducen, siempre, a encontrar la belleza en aquello que un día, encadenamos: nuestra libertad.
Nuestras máscaras nos permiten vivir relaciones sociales. Nadie puede ponerse en el lugar del otro y, resolver lo que él está experimentando. Ver la belleza en lo que dejamos atrás es, descubrir el propio sentido de nuestra felicidad. Volar pero también poder aterrizar.
Cuando miramos con los ojos del corazón, cada cosa que nos rodea, cada situación, que nos toca resolver, es evidente que hay algo que nos susurra al oído, la importancia de nuestro estar aquí. Si paseas hoy y, ves una flor nacida en el asfalto urbano, de aquello que llamamos maleza, no la arranques; párate y siente lo grande que somos. ¡Siente la vida, como un don a disfrutar!
Reaprender y estar convencido de que esto nos humaniza, nos hace vivir experiencias de vida que nos benefician en nuestro amplio desarrollo evolutivo, sin duda, nos lleva a querer desaprender todo aquello que hoy en día, se aleja de nuestro bienestar. Actuar desde un ego empoderado que actúa desde el corazón cambia, nuestra historia de vida.
La Paz siempre está en el interior. Nunca es fruto de que uno gana y el otro pierde. La Paz no llega después de la guerra; ¿Qué sentido tiene luchar y matar para ganar y encontrar la Paz? La guerra nunca puede solucionar ningún problema, por el contrario, las consecuencias son nefastas. La Paz siempre es creadora. Desde la Paz nos autoconocemos, desde la guerra, nos autodestruimos. Urge la alfabetización emocional que, una vez alcanzada, desterrará al autoritarismo.
Somos más grandes que nuestras palabras, precisamente por eso , algunas nos molestan. Nacimos encerrados en las palabras, con las que construimos etiquetas, precisamente para darnos cuenta de que la palabra no es la verdad. Nuestro potencial es tan grande que jugamos a empequeñecernos creyendo que la palabra es el juicio final. Creemos que nuestra dependencia física, mental y emocional, depende de la palabra, así nos hemos educado. Qué tal, si en vez de considerar como limitaciones ciertas palabras, las usamos para darnos cuenta, de que la libertad que anhelamos, está por encima de las palabras. Desarrollemos nuestra creatividad.