AL CALOR DE LA GRANDEZA

Rodeado de cientos de personas que lo aclamaban, cerró sus ojos y pidió un deseo.
A lo largo del día compartió su luz, su gratitud, su corazón. Ya por la noche, en su habitación de hotel, cuando se disponía a descansar para seguir con su obra al día siguiente, tocaron a la puerta. Su deseo se había cumplido. Abrió la puerta y allí delante de su rostro se hallaba sonriente la paz, esa sensación grandiosa que, aunque a veces olvidamos, siempre está en nosotros.