Contemplan el cielo; padre e hija se deleitan con lo que alcanzan a ver a simple vista y también con lo que no ven pero que está. Sienten la fuerza del universo; se regalan futuros mundos. La complicidad es mutua.
– Todo lo que vivimos, solo puede ser vivido en esta tierra – dice la hija.
– Si ves algo diferente, ahí arriba, algo único, que de repente vibra en tu misma frecuencia, al son de tu corazón, has sintonizado contigo mismo – añade la adolescente.
El padre está agradecido por estar viviendo un momento de plena felicidad; ha recuperado su espíritu aventurero.
La vida es un juego y cada uno de nosotros trae un sueño para hacerlo realidad.

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